Guía práctica: ¿cómo recuperar a tu perro robado?

Durante los cinco años que llevo escribiendo semanalmente este blog, nunca había escrito sobre temas personales, centrándome siempre en los profesionales. Sin embargo, estas navidades he vivido una de las experiencias más intensas y mágicas de mi vida, y estoy convencido que con mi historia puedo ayudar a muchas personas. Dicen que en Navidad todo es posible, pues yo lo he experimentado en mis propias carnes.

La razón de publicar esta guía práctica, basada en mi experiencia, viene motivada por la cantidad de personas que se han puesto en contacto conmigo para que les explicara cómo conseguí recuperar a mi perro tras 5 días secuestrado, y que espero pueda ayudar e inspirar a muchos dueños de perros como yo, que sufren tan terrible delito, y que lamentablemente es cada vez más frecuente en España.

¿Pero quién robaría un perro? ¿Un loco? ¿Un gamberro? Lo más probable es que sea un delincuente desalmado. Según la Fundación Altarriba, se roban para: peleas de perros, textil, venta, cría o zoofilia, es decir, por negocio. No cabe decir que son sin duda seres despreciables, el traficar con seres vivos.

Para entender mejor esta fascinante historia he de remontarme a mi infancia y a mis padres, que son los que me inculcaron el amor por los animales. Desde que tengo uso de razón, en mi casa siempre hemos tenido todo tipo de animales domésticos. Pero reconozco que la muerte por cáncer de un Yorkshire Terrier llamado ‘Linda’, tras 14 años de convivencia en casa, me marcó profundamente. El dolor que sentí por su pérdida sólo lo pueden entender las personas que han tenido perros o animales de compañía. Es terrible. Desde ese momento decidí que nunca más volvería a tener perro.

Veinte años más tarde, mi amor por los animales se lo transmití a mis hijos y, en concreto, a mi hijo mediano que desde muy pequeño ya se había convertido en un amante de los perros. Cada año pedía a los Reyes Magos un perro, entre una lista de juguetes, hasta que a los 10 años, escribió una carta a los Reyes que decía así: “Queridos Reyes Magos, este año sólo quiero un perro, es lo que más deseo en el mundo”.

Lógicamente rompí mi promesa. Los Reyes Magos nos regalaron un precio caniche toy de raza, color canela, de 3 meses de edad, al cual llamamos Otto.

No os podéis imaginar la reacción de mi hijo cuando vio por primera vez a Otto. Se convirtió en el niño más feliz del mundo. No necesitaba una Play Station, o un Iphone, o cualquier juguete. Con su perro era suficiente. Es así como nació un amor especial entre Otto y mi hijo, siempre juntos, siempre pendientes el uno del otro. Al mismo tiempo, Otto se convertía en uno más de la familia.

Pero estas navidades todo cambió. Mientras pasaba unos días de vacaciones en Barcelona, mi mujer y yo fuimos a comprar por el barrio con Otto. Como en tantas ocasiones, llegamos a un comercio céntrico y conocido del barrio, y atamos a Otto en la puerta del establecimiento sobre las 11:30 del mediodía, a la vista del personal que trabaja allí. ¡Error! A los cinco minutos salimos y Otto ya no estaba.

En ese mismo instante fui perfectamente consciente que nos lo habían robado. Era imposible que Otto se desatara y, si lo hubiera hecho, nunca hubiera huido, sino que hubiera entrado en la tienda a por nosotros. Empecé a recorrer las calles más cercanas al establecimiento, pero no había rastro. Era consciente que las próximas horas serían vitales para su localización, así que tenía que actuar rápido y de forma precisa para poder localizarlo con vida.

Lo primero que hicimos fue buscar testigos. Una de las trabajadoras del establecimiento, que lo había visto, nos explicó que no era del barrio, pero que compraba en la tienda en ocasiones. Ahora tocaba localizarla, pero dependíamos de ese testigo y de que repitiera la visita a la tienda. Hablamos con la responsable del establecimiento y obtuvimos toda su colaboración. Otra opción, era ver las cámaras de seguridad, pero para eso necesitábamos la intervención de la policía.

La denuncia y los pasos a seguir

A continuación fui a poner la denuncia a los Mossos d’Escuadra que, para mi sorpresa, son muy animalistas y me dijeron que irían a interrogar a la testigo y visionar las cámaras, pero que estaban ‘desbordados’ con otros casos más graves. Mientras tanto, iban pasando las horas y Otto no estaba. No me podía imaginar cómo se lo iba a contar a mi hijo que, por suerte, estaba pasando unos días en casa de mis padres.

Como defensor de la sociedad civil y marketiniano inicié una campaña de difusión de los hechos para intentar localizar al delincuente lo ante posible. Para ello, diseñé un poster a color que colgué en todos los árboles y farolas del barrio, en un radio de un kilómetro, especialmente en zonas de paradas de autobús, paso de peatones y terrazas:

Además de hablar con todos los comerciantes del barrio y repartirles el poster, así como a todos los dueños de perros de los parques de la zona. De esta forma, todo el barrio estaba alerta. En 24 horas, habíamos forrado el centro de Barcelona con la campaña y todo el mundo estaba intentando localizar al sospechoso.

También inicié una campaña en redes sociales abriendo y promocionando los perfiles de Facebook e Instagram:

https://www.facebook.com/buscandoaOtto/

https://www.instagram.com/buscandoaotto/

El siguiente paso fue visitar las asociaciones de veterinarios y de perros. Además, empezamos a descubrir decenas de casos de perros robados y me di cuenta de que era algo más habitual de lo que yo me imaginaba.

Mientras pasaban las horas y hablamos con todo el barrio, iba tomando forma el ‘sospechoso’ y pudimos localizar su casa. Sin pensarlo, me dirigí a la vivienda y entré al edificio silbando el nombre de mi perro: Si Otto me oye, se pondría como loco y lo localizaría. Recorrí piso por piso, puerta por puerta, y nada. ¿Y si era el edificio de al lado? Pero nada. Tras una noche en vela, empezaba a impacientarme. Decidí ir a descansar unas horas y hacer guardia en esa calle por si se le ocurría sacar a Otto a primera hora. A las 7:30 horas de la mañana volvía a estar allí, pero nada, era el segundo día y se acababa el tiempo. Hasta que a las 11:30 horas un vecino nos llamó avisando de que lo habían localizado en la terraza de un bar del barrio. ¡Fui corriendo y allí estaba! Idéntica a la descripción con un perro, que no era Otto. La seguí hasta casa y le hice una foto. Mientras hacía guardia en la puerta, esperamos a la tarde para que volviera la empleada para identificar la fotografía y así llamar a la policía. Nos estábamos acercando.

Pero cuál fue la desilusión cuando nos dijo la empleada del establecimiento que no era ella. Se me vino el mundo encima. En ese instante empecé a darme cuenta que no lo recuperaríamos. Habían pasado 3 días y seguíamos sin tener noticias de nuestro perro. En ese momento, nos llamó nuestro hijo que quería venir a casa dormir y estar con Otto, por lo que decidimos ir a buscarle y contárselo todo.

Yo estoy muy acostumbrado por mi trabajo a tener situaciones de estrés, pero nunca te preparan para dar una noticia así a un niño. Cuando mi hijo entró en casa y empezó a llamar a Otto le dimos la mala noticia. Jamás imaginé su reacción, le habían robado a su mejor amigo. Entre sollozos, nos preguntaba si estaría bien, si lo estaban maltratando. Horrible. Tras varias horas de desesperación y sin poder calmarlo, se me ocurrió involucrarlo en la campaña: hablando con todo el mundo y pidiendo ayuda.

No os hacéis una idea del efecto que tuvo eso. A todos se les partía el corazón viendo como un niño de 10 años busca a su perro robado. Y ésa fue una de las claves: Primero conseguimos que mi hijo dejara de lamentarse y tuviera fe, y, lo más importante, despertamos un sentimiento de solidaridad en el barrio sin precedentes.

 

La campaña de concienciación ciudadana dio resultado

Esa noche fue horrible, pero al día siguiente sobre las 10 horas, recibimos la llamada de un anónimo que  nos confesó haber visto al perro en manos de su supuesto captor el mismo día del robo, y nos indicó dónde vivía la persona. También nos confesó que nos llamó porque no soportaba la idea de que mi hijo sufriera, pero no quería verse involucrado y prefería seguir en el anonimato. Lo teníamos.

Rápidamente me dirigí a la dirección que nos dieron y, ahora sí, la persona era idéntica a la descripción que teníamos, así que la abordé y le exigí que me devolviera a mi perro robado. La reacción fue agresiva y defensiva.  Jurándome que no sabía nada, aproveché para hacerle una foto que mandé inmediatamente a la empleada del establecimiento que contestó: ¡es ella! Bingo.

La campaña de concienciación ciudadana de mi hijo había funcionado y habíamos localizado a la ladrona. Ahora, tras cuatro días, quedaba localizar y recuperar a Otto. Llamé al 112 y un equipo de la policía interrogó a la ladrona. Pero ésta, en presencia de la policía y de mi hijo llorando, volvió a negar los hechos. Nos dijo que tenía muchos perros en casa y se negó a que fuéramos sin una orden judicial.

Por su reacción, la policía estaba segura de que era ella, pero no podían entrar en su casa sin una orden. Yo les pedí que me dijeran la dirección de su casa pero lógicamente se negaron. Lo que sí hicieron fue avisar a sus compañeros de la zona para informarles de los hechos y para que estuvieran atentos. El caso empezaba a tomar dimensión, incluso en la policía.

Estaba claro que se acababa el tiempo y que el perro podría estar en su casa. Así que montamos un punto de vigilancia en su trabajo. En paralelo, ya había vuelto a la comisaría a denunciar los hechos y alertado a todos los de su trabajo. El punto de vigilancia fue un pequeño restaurante de enfrente de su oficina, dónde se volcó todo el personal y los clientes en la causa. Otra demostración de colaboración ciudadana maravillosa.

A las 20:00 horas salió del trabajo y yo y un amigo la seguimos hasta uno de los barrios más conflictivos de Barcelona. Estoy seguro de que la ladrona notaba que la seguíamos, porque estaba muy nerviosa y no paraba de mirar hacia atrás. A los cinco minutos de llegar a casa salió con dos bolsas de basura blancas gigantes y las dejó en el suelo al lado de unos contenedores. ¡Me temí lo peor! Me dirigí a las bolsas, pero solo había papeles de diarios y una bola de periódicos que abrí y ¡estaba el collar de Otto!

De inmediato llamé al 112 y vino el equipo de la policía de la zona, que ya estaba alertado. Con esta prueba decidieron ayudarme a negociar con la señora para que entregara al perro. Y así lo hicimos, consiguieron que nos abriera la puerta y empezamos a negociar con ella. Mientras tanto, no paraba de oír el llanto de muchos perros y, entre ellos, el de mi perro. Pero no entró en razón y no nos devolvió el perro. Sabía quién era, sabía dónde estaba el perro, pero no podía hacer nada. La policía estaba tan frustrada como yo, pero la ley es clara y sin una orden judicial no podríamos entrar. Además yo estoy convencido de que muchos de esos perritos que lloraban, eran robados.

Tras muchos días sin dormir y habiendo llegado tan lejos, me volvió a la memoria el llanto de mi hijo. Una cosa tenía clara, no me iría de allí sin mi perro, así es que pasé la noche haciendo guardia en la puerta de su casa, con la esperanza que lo sacara de casa y me lo diera. Esa noche fue especial, pasar siete horas mirando una puerta, solo y en uno de los barrios más peligrosos de Barcelona, da para mucha reflexión. Así que cuando amaneció me dirigí a la casa de la ladrona y piqué al timbre. Evidentemente no me abrió, pero le rogué que me entregara al perro de mi hijo a cambio de retirar la denuncia. Al no obtener respuesta, le dije que no iba a rendirme hasta conseguir a mi perro.

La realidad es que ya me fallaban las fuerzas y necesitaba ir a descansar, pero antes tenía que volver a la policía, para dar parte de lo que había pasado esa noche y sobre todo para entregar la prueba del collar de mi perro. Cuando me disponía a ir hacia mi casa, recibí la ‘llamada’. Era un veterinario de un pueblo a 60 kilómetros de Barcelona que decía que le habían entregado un caniche abandonado con un chip que tenía mis datos. ¿Era Otto? La esperanza volvió a mí como un soplo de aire fresco. Enseguida me mandó una fotografía de mi supuesto perro, pero no lo reconocí, estaba totalmente afeitado, pero la verdad es que no puede haber dos chips iguales en España.

Cogí el coche y me fui a toda velocidad hacia allí. Entré en la sala del veterinario, dónde tenían al perrito muy asustado y encerrado en una jaula. Al abrirla me di cuenta de que ¡era sin duda Otto! Había recuperado a mi perro tras cinco días secuestrado. Fue un momento de felicidad, cansancio y satisfacción. No os cuento la felicidad de mi familia, y en especial de mi hijo, porque fueron indescriptibles. Fue el mejor 31 de diciembre de mi vida, la pena es que no llegué a celebrar las campanadas, me quedé dormido junto a Otto.

Al día siguiente, mi hijo y yo nos dedicamos a quitar todos los carteles que habíamos puesto, así como informar a todo el barrio y en las redes sociales del desenlace. No os imagináis la reacción de la policía cuando entramos en comisaría con el perro, todo fueron aplausos y fotos. Caso resuelto.

Aunque Otto ya está con nosotros, aún quedan muchas preguntas por responder: ¿Por qué lo habían afeitado? ¿Qué hacía tan lejos de Barcelona? ¿Los perros que había en esa casa eran suyos o robados?

 

Aprendizajes de esta experiencia en 8 pasos

A continuación resumo a modo de guía los aprendizajes más significativos que permitieron encontrar a mi perro robado:

1º No perder la calma y no desfallecer. La pena es tan grande que puede provocar que dejes de pelear por encontrar a tu perro.

2º ¡La clave eres tú! Nadie mejor que tú puede encontrar a tu perro, déjalo todo y concentra todas tus energías en ello.

3º Involúcrate y apóyate en la policía. La policía es muy sensible a este tipo de delitos, pero dada la cantidad de trabajo que tienen es clave nuestra ayuda y colaboración.

4º Apóyate en la sociedad civil. Asociaciones de veterinarios, vecinos, colectivos de perros, entre otros. Todos ayudan.

5º Localizar al ladrón. Ésta es la parte más importante de todo. Y sólo hay una forma: conseguir que alguien lo haya visto y lo denuncie.

6º Tener pruebas. Esto incluye testigos, como posibles objetos que el ladrón pueda tener de nuestro perro e intente destruir.

7º Presión al ladrón. Una vez localizado al ladrón es vital que tanto nosotros como la policía lo acorralemos para que nos devuelva el perro lo antes posible. La ley es lenta y, sin una orden judicial, no podemos entrar en el domicilio del ladrón, aunque sepamos que tiene a nuestro perro.

8º Que el perro tenga CHIP identificativo. Esto es fundamental, ya que es muy probable que el animal acabe siendo abandonado en una perrera o en un veterinario, por lo que necesitamos identificarlo para que nos avisen.

Quiero agradecer a la colaboración ciudadana de Barcelona, a mi amigo Chencho, a mi esposa, mi familia, a los Mossos d’escuadra y, sobre todo, a la persona que hizo esa llamada anónima y denunció al ladrón. Espero que esta historia inspire a los miles de dueños de perros robados o perdidos, y que haga reflexionar a aquellos que infringen la ley y que tanto dolor producen.

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